Cómo te quitan derechos y por qué no te enteras

Desde que se filtró el borrador de la temida, inminente e inevitable reforma laboral, he mantenido varias conversaciones, sin apenas gritos, en las que he escuchado insistentemente la misma expresión de alivio: “esperaba algo peor, al final no es para tanto”.

De tanto escuchar el mismo mantra he terminado por sospechar que no puede ser casualidad. Demasiadas personas de demasiados grandes partidos y demasiados grandes periódicos diciendo demasiadas veces que la reforma no es demasiado mala. Para mí, demasiadas coincidencias.

¿Cuál es mi teoría? Que, como dicen en Argentina, nos están serruchando el piso, pero no nos damos cuenta. ¿Por qué? Porque los recortes están llegando en pequeñas dosis. Como Clint Eastwood puede agujerear los muros de Alcatraz cucharadita a cucharadita, así PSOE más PP (o sea, CEOE) nos están minando sin que nos demos cuenta.

Un día insinúan que tendremos que retrasar nuestra jubilación hasta a los 67 años. Suena mal, es un fastidio, pero, bueno, al fin y al cabo, son sólo dos años y, además, si EL PAÍS y EL MUNDO coinciden en que el argumento demográfico es inopinable, pues habrá que aguantarse. Tampoco es para tanto.

Otro día nos hablan de que tal vez haya que empezar a pagar un euro más cada vez que vamos al médico. Tampoco parece muy grato; encima de que estás enfermo, tienes que buscar calderilla. Pero, seamos serios, no hay que exagerar. Un euro no es nada, es chatarra. Igual los viejos, que van más al médico, tendrán que reducir la paga del nieto, pero en las tertulias de la radio dicen que muchos van al médico en busca de conversación, sin necesidad, así que tampoco parece una medida indignante. Molesta, sí, pero no suena a desproposito. No parece que sea para tanto.

¿Que les recortan el salario a los funcionarios? Incluso el ciudadano más progre sabe que viven como reyes, ¿no?. Que se aprieten el cinturón, como todo quisqui. ¡Si hasta ellos mismos renunciaron a secundar la huelga que protestaba contra esta medida! Por algo será… Y un 5% también es calderilla. No es para tanto.

Que se recorta la Ley de Dependencia, pues es una lástima, pero, al fin y al cabo, hasta ahora las familias se apañaban sin ninguna ayuda, así que podrán ingeniárselas con un poco de ganas… ¡A mí nadie me ayudó cuando enfermó mi abuela! Además, la Ley de Dependencia era, por así decirlo, una propina, un extra comprensible en época de vacas gordas, pero ahora, si no se puede, no se puede. Y, total, hablemos claro, son pocas familias afectadas… Se siente, pero no es para tanto.

¿Pensiones congeladas? Bueno, tampoco es para tanto. No se congelan todas las pensiones y, caramba, malo será que los viejos no tengan un euro a mano cuando quieran conversación con el médico.

¿Y lo del cheque-bebé? Pues vaya, tampoco es para tanto. Además, la izquierda ya protestó porque era una medida injusta cuando se aplicó, así que ahora no deberían quejarse porque se retire. Digo yo… Más aun: con los pocos hijos que nacen, tampoco hace falta rasgarse las vestiduras, que toda la vida han nacido niños sin que hubiese que pagar a los padres.

Esto del despido, qué quieres que te diga, tampoco es para tanto… ¡Si hasta Felipe González dice que tenemos que ser más flexibles, productivos y competitivos! Y, al fin y al cabo, son sólo unos días menos por año trabajado. Si fuese que te quitan cualquier tipo de indemnización, aún entendería la queja, pero estamos en crisis y hasta CNN+ dice que hay que arrimar el hombro, caray.

Y lo del “descuelgue” de los convenios… Más de lo mismo, tampoco es para tanto. La propia palabra lo dice: estar colgado es malo, los ahorcados están colgados, eso es lo que hacen los convenios con los empresarios, ahorcarlos, asfixiarlos con tanta cláusula igual para todos. Y claro, al final, los listillos que se escaquean cobran lo mismo que yo, que jamás, jamás me escaqueo, ni para ir al médico, proque necesito cada uno de mis euros, ni para cuidar a mi abuela, que ya murió, ni para recoger a mis hijos en el cole, porque sin cheque-bebé se me han quitado las pocas intenciones que tenía de procrear. Así que es bueno descolgarse de los convenios. Coinciden los editoriales de EL PAÍS y Pedro J. Ramírez en sus dos minutos de cátedra, así que no hay discusión posible. Los convenios son para los vagos. Si se suprimiese por completo el derecho de los trabajadores a reunirse para defender juntos sus derechos, quizá entendería alguna protesta, pero esto del descuelgue para empresas en apuros, oiga, que hay que arrimar el hombro y, en resumidas cuentas, no es para tanto.

Y así, poquito a poquito, pizca a pizca, bocado a bocado, mella a mella, agujerito a agujerito, sisa a sisa, escamoteo a escamoteo, sin grandes traumas nos van acortando las patas de la silla hasta que un día no lleguemos a la mesa y sea demasiado tarde para reclamar.

Están segando bajo tus pies, pero brizna a brizna, sin que te enteres. Te están timando, me temo, con la misma estrategia con la que María Teresa Fernández de la Vega plantea invadir conquistar Portugal: “al merme, de a pocos”.

Tiene gracia, ¿verdad?

Mentira.

Son pequeñas muescas en las tablas de derechos de los trabajadores. Algunos borrones sembrados aquí y allá, sin continuidad aparente. No hay un gran tachón, no se ve, no se nota. Hoy borran una letra de tu nombre, pero sigues reconociéndote en las sílabas que quedan. Cuando has olvidado que un día tu viejo nombre tenía una letra más, te borran otra. Te nombran, con un par de letras menos, y acudes. Con el tiempo dejas de recordar que tu nombre tuvo alguna vez dos letras más. Y te descuidas, porque tu nuevo nombre abreviado sigue sonando casi igual. Te adaptas. Y algunas semanas, meses o años más tarde, cuando te han escamoteado todas las letras de tu nombre, un día eres solo una letra, con suerte una vocal, quizá, peor, una consonante impronunciable… No puedes quejarte, apenas eres un gemido, un sonido gutural, un resoplido… Y alguien borra tu última letra, que ya no servía para nada. Ya no te llamas. No eres nadie. Tienes el color de las medusas.



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