Democracia, pero sin mal humor

La conovocatoria de un referendo en Grecia no me parece “un error colosal“. Llevamos 24 horas escuchando una retahíla de argumentos que defienden la festividad democrática de los referendos seguidos de una proposición coordinada adversativa: “Esta muy bien preguntar a la ciudadanía, peeerooo…”. La frase termina con argumentos que invitan a dudar de que los ciudadanos sepamos votar bien, en condiciones, como Dios manda… Vale que nos dejen creer que elegimos cada cuatro años entre Cánovas y Sagasta, pero las cosas serias las deciden los mayores.

El resultado del “melo-dracma” griego, como lo bautizaba ayer una televisión francesa, no está nada claro. Y da igual. Las consecuencias económicas serán terribles o no, que teorías hay para todos los gustos y mi fe en los economistas ortodoxos está merecidamente devaluada.

Pero leer críticas contra la mera convocatoria de la consulta porque un referendo es “una votación binaria, esquemática y susceptible de toda suerte de demagogias populistas” y que “la experiencia de otros referendos en países como Francia, Irlanda u Holanda ilustran hasta qué punto suele prevalecer el malhumor social sobre la discusión del asunto sometido a las urnas” es ensobrecedora. ¿Acaso no sirve el mismo argumento para deslegitimar cualquier otra conovocatoria electoral? ¿No votó malhumorada la izquierda el 14 de marzo de 2004? ¿No votará malhumorada la derecha y gran parte de la izquierda el 20 de noviembre? Quizá caminemos hacia una democracia censitaria donde haya que acreditar templanza y buen humor antes de votar.

El tristísimo editorial de EL PAÍS ofrece otro motivo de preocupación cuando cita los casos de Francia, Irlanda u Holanda como referendos mal respondidos, de esos en los que la gente votó mal, al revés de lo previsto, como si quisiesen -ay, ingenuos- expresar que no estaban de acuerdo con lo bueno que ya había sido amañado para ellos. Solo tenían que asentir, no se les pedía más, y van y cabecean en sentido contrario. ¿Qué le preocupa al editorialista? Nada debería molestarle. Después de aquellos referendos, no pasó nada de nada, nada en absoluto. Tras los noes de Francia y Holanda se retocó la redacción de la mal llamada Constitución europea y se aprobó, sin referendos, como tratado de Lisboa. Los estúpidos irlandeses votaron no al principio, pero se les volvió a preguntar y, al fin, acertaron con la respuesta. Vista la secuencia, si los griegos llegan a votar, lo que es mucho suponer, y votan lo que no deben, porque puede que alguno incluso tenga ideas propias, no pasará nada. ¿De qué se preocupa EL PAÍS?



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