El regalo multimillonario de los trabajadores a los empresarios

Las quejas de los empresarios sobre el supuesto absentismo de los trabajadores son constantes. Y la presencia mediática de ese tópico es abrumadora. Pero, ¿está justificado ese idiotismo patronal?

Existe un dato muy poco conocido, aunque público, que quizá podría calmar los aspavientos de la CEOE. Se trata de la cantidad de horas extraordinarias que los trabajadores hacen sin cobrar cada semana.

El dato lo ofrece el INE trimestralmente, con la EPA, y quizá sorprenda por sus enormes dimensiones:

Como publicaba este fin de semana en 3i, a lo largo de los dos primeros trimestres del año, los trabajadores regalaron a sus empresas más de 82 millones de horas. Sí, sí, tal cual, sin cobrar un euro por ellas.

Esto son más de 3 millones de horas por semana gratis para los empresarios. Este dato no tiene nada que ver con el de las horas extra cobradas, ya bastante polémico por sí mismo,  que ascendió a 2,2 millones de horas semanales.

Si se mantienen estos niveles, estaríamos ante 160 millones de horas anuales. Esta cifra representa unos 1.378 millones de euros que se quedan en los bolsillos de los empresarios en lugar de ir a los salarios de las plantillas o a cotizaciones de la Seguridad Social.

Ahora es cuando alguien replica: “Ya, ya, pero el absentismo, ¿qué?”. Bueno, pues el absentismo también se calcula. De hecho, aunque el INE no da una cifra concreta para medir este fenómeno tan cacareado, los empresarios sí se toman la molestia de estimarlo —para quejarse, lógica y comprensiblemente—. Desgranando y cruzando los datos del INE, el aclamado informe Adecco sobre el absentismo cifra el absentismo injustificado (certeramente definido como “tiempo que la empresa paga y pacta, pero no se trabaja, sin justificación”) en entre 1,8 y 2,2 horas anuales.

Es decir, los trabajadores regalan a las empresas seis veces más tiempo que el que les escamotean. Un dato interesante para recordar la próxima vez que un empresario hable de arrimar el hombro, ¿no?


Otro González imputado

Terminada la enésima semana negra del PP, me gustaría recordar otro caso que va a ser triste seguir. Se trata de un González imputado, y no es Ignacio, sino Francisco. Y no es Francisco González Sarriá, el cantante —que también está estos días calentando banquillo por una supuesta estafa—, sino Francisco González Rodríguez, el presidente de BBVA. Ha sido imputado por posible apropiación indebida.

 


Cuando a la patronal le gusta lo público

Ya sabéis. A los empresarios liberales no les gusta el intervencionismo estatal y esas cosas, salvo que vengan mal dadas y papá Estado acuda al rescate.

De los creadores de “hay que hacer un paréntesis en la economía libre de mercado“, llega ahora:

 “En los próximos años no va a haber un crecimiento importante del crédito y por eso vemos con muy buena intención y muy buenos resultados el crecimiento del crédito que ha dado el ICO en los últimos tres trimestres y que ha llegado a casi 25.000 millones. Esa ha sido la medida más importante y mejor que ha tomado este Gobierno en los últimos meses“.

Por una vez, estoy de acuerdo con la CEOE —más bien es la CEOE la que coincide conmigo en esta ocasión—. El dinero del ICO puede y debe servir para ayudar a quien lo necesite, pero que luego no nos miren como a marcianos por pedir una banca pública al servicio de la ciudadanía.


Pequeña gran victoria triste contra los desahucios

Tenía que llegar. Y ha llegado a 48 horas de la huelga general. Después de muchas derrotas, de enormes esfuerzos que parecen inutiles, de grandes movilizaciones que parecían no tener consecuencias, al fin una pequeña victoria. En lo que parece una carrera loca por ver quién se cuelga antes la medalla más inmerecida, bancos y bipartito han decidido que este lunes, 12 de noviembre, pase a la historia como el día de la banderita contra los desahucios.

Pero nosotros sabemos de quién es esta victoria. En primer lugar, de la PAH y de todos quienes llevan años parando ejecuciones, una a una, puerta por puerta, barrio a barrio. Y en segundo lugar de todos quienes nos movilizamos, en grandes marchas y en pequeñas manis de cuatro gatos, cuando tantos dicen que “no sirve para nada”. Sabemos también que es una victoria claramente insuficiente. Sabemos que no podemos relajarnos ni confiar y, por supuesto, esperaremos con escepticismo a leer la letra pequeña, esa misma con la que los bancos llevan décadas encadenando a las personas. Sabemos que nos lo van a vender como un gesto humanitario, pero ya no cuela. Ya no. Y sabemos —y no olvidamos— que este pequeño gesto, claramente insuficiente, ha costado vidas y cientos de miles de hogares rotos. Supongo que por esto nos cuesta tanto celebrar —incluso creer— cualquier pequeño triunfo, porque nuestras pocas victorias siempre nos llegan tarde, después de mucho perder y morir.


Cinco retos para la huelga general del 14N y cinco ventajas (alguna triste)

Tras el anuncio de una jornada europea de movilizaciones sindicales para el 14 de noviembre, parece inminente la convocatoria de una segunda huelga general en España por parte de los sindicatos mayoritarios. ¿Qué puede pasar el 14N?

Esta nueva huelga se acerca con varias fortalezas, alguna triste y alguna esperanzadora:

  1. Los recortes. La convocatoria del 14N no necesita explicación. No estamos ante una huelga difícil de justificar o traída por los pelos. La mayor concentración de recortes sociales en la historia de la democracia hace que, por desgracia, las razones de la huelga sean comprensibles para una inmensa mayoría de españoles.
  2. La Cumbre Social y el referéndum. Con muchos peros y vaivenes, la Cumbre Social puede estar convirtiéndose en un buen instrumento para amplificar la huelga y el resto de movilizaciones sociales. Los sindicatos ceden algo de protagonismo (poco) para mutualizar la legitimidad de la acción. La estrategia aún titubea, pero puede convertirse en un polo de resistencia plural importante. La petición de un referéndum sobre los recortes, invisibles en el programa electoral del PP, es una meta concreta, cabal y alcanzable que reorienta (un poquito) la línea defensiva (masoca y suicida) de los movimientos sociales hacia una posición más asertiva y propositiva.
  3. La internacionalización. Parece que la HG será simultánea en varios países del sur de Europa (Portugal, Chipre, Malta… ¿Grecia?). Esta decisión histórica puede ayudar a movilizar a cierta parte de la sociedad que ha percibido las últimas huelgas como una especie de coreografía pactada más que como un pulso serio al poder. El sufrimiento es global y la respuesta debía serlo también.
  4. Repetición. El hecho de que el 14N llegue solo 8 meses después del 29M puede ser un factor de refuerzo, que ayude a remarcar la gravedad del desafío al bienestar al que nos enfrentamos. Dos huelgas generales en un mismo año empiezan a parecer un amago de acción sindical decidida, no un mero reto mediático para cubrir el expediente y que cada Gobierno tenga su huelga fútil.
  5. La desiglación. Podríamos llamar así al proceso por el que una gran parte de la población ha ido alejándose de las ‘siglas’ de sindicatos y partidos para diluirse en mareas reivindicativas transversales y movimientos ciudadanos de base. Desde el 15M, evidentemente, este proceso ha ganado fuerza real e imaginaria. Si estos nuevos (o renovados) agentes sociales deciden respaldar la convocatoria, aunque sea de manera crítica, mucha gente tendrá el gancho que necesita para secundar una acción que puede ver como justa, pero cuyos convocantes oficiales han dejado de parecer ilusionantes.

Sin embargo, el 14N también encara serias dificultades.

  1. El paro. El primer obstáculo para una HG tradicional (cese de la actividad en los centros de trabajo) es evidente. Hoy hay menos gente trabajando en esos centros y menos centros en los que trabajar (y parar). En términos desestacionalizados, y a falta de un mes para el 14N, hoy hay 300.000 parados más que en marzo. De nuevo los sindicatos tradicionales se enfrentan a la incapacidad para defender, representar y movilizar a las víctimas más visibles de esta estafa económica. ¿Podrá alguien? Los propios sindicatos han cobrado conciencia de su limitación y quieren extender y amplificar la huelga a ámbitos extralaborales. ¿Sabrán?
  2. El miedo. Que las razones para la huelga resulten evidentes para buena parte de la población no es solo una ventaja. Esas razones nos resultan tan ciertas porque las llevamos caladas en los huesos. Esta vez hará falta mucha (más) valentía para secundar la huelga.
  3. La proximidad. Lo que arriba hemos explicado como una ventaja tiene un reverso desmovilizador. Dos huelgas generales tan cercanas en el tiempo suponen un problema real para muchas personas. De muchas nóminas no sobra nada. Nada. Ni tan siquiera el sueldo de un día. Una razón más para buscar la difícil participación de sectores extraños en la huelga: parados, pensionistas, cuidadores, estudiantes, precariado, autónomos, pymes, consumidores…
  4. La dispersión. Lo que se gana de unidad de acción con la internacionalización de la convocatoria se pierde con la descoordinación interna de varios llamamientos. CGT ha convocado huelga general para el 31 de octubre y los sindicatos vascos, tan necesarios para el éxito de un paro en todo el Estado —por el peso obrero de la industria vasca—, ya celebraron huelga general en Euskadi el 26 de septiembre. ¿Habrá convocatoria unitaria ampliada?
  5. La imagen de los sindicatos. A falta de un revulsivo interno que ni se asoma por el horizonte, los grandes sindicatos siguen arrastrando un problema de legitimidad pública que amenaza con convertirse en letal. Incapaces de combatir las falacias de la derecha mediática y empeñados en perpetuar sus verdaderos errores, los sindicatos son el principal problema para ellos mismos. Lo peor es que, por ahora, no tenemos sustituto equiparable.

La cultura del esfuerzo

A veces pasa. Fulanito, gurú neoliberal, elogia a Menganito y, al cabo de un tiempo, Menganito es detenido por un delito económico.

Hace unos meses, Francisco Roig, presidente de Mercadona, aplaudía la “cultura del esfuerzo” de los bazares chinos y aconsejaba a los españoles tomar ejemplo de sus estrategias comerciales. Los publirreportajes sobre cómo Mercadona conseguía vender cubos de plástico a precios bajísimos llenaron los medios.

Ya entonces se olía el regusto prejuicioso y etnocéntrico de un comentario que metía a todos los chinos en el mismo saco. Hoy, seguramente, Roig habrá aprendido a distinguir entre empresarios honrados y empresarios que no declaran la totalidad de la mercancía que importan para su venta en “ejemplares” bazares de todo a un euro.


‘Modulen’ su derecho a tomarnos por idiotas

Parece que han encontrado una excusa. Muchos demócratas de toda la vida empiezan a sentirse incómodos con la movilización ciudadana porque… Porque… Porque las manifestaciones no les dejan circular. Sí, eso dicen. Ese parece el mantra de moda: “tu libertad termina donde empieza el capó de mi coche” —asumo que hablan de circular en coche porque peatones, ciclistas e incluso motos se ven menos afectados por una manifestación salvo que esta sea excepcionalmente masiva—.

Los últimos en tantear el terreno para una hipotética reforma legal que restrinja o “module” el derecho a manifestarse han sido la delegada del Gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes, y el flamante presidente de la Comunidad, Ignacio González, que nos acusa de “estar colapsando una ciudad permanentemente”. No son los primeros: durante la acampada que siguió a la represión que siguió a la manifestación del 15M también se oyó esa queja —me niego a llamarlo argumento— y la idea de montar un manifestódromo en Madrid es tan vieja como esta democracia.

Que el derecho de manifestación está por encima del de circulación lo dejan bastante claro los tribunales. La propia Cifuentes se quejaba de que la justicia no paraba de tumbar sus intentonas ‘modulacionistas’:

“La Delegación ha intentado en diversas ocasiones no prohibir sino modular este derecho cambiando itinerarios o de día una manifestación porque creíamos que podía suponer un peligro de orden público, sistemáticamente el Tribunal Superior de Justicia de Madrid siempre ha fallado en nuestra contra y nos ha condenado a costas”

Pero suponiendo —lo que es mucho suponer— que fuese factible tratar de hacer colisionar ambos derechos, ¿estaríamos realmente ante un conflicto veraz? ¿O tal vez son libertades que ni siquiera rozan aunque queramos forzar el choque?

La manifestación que ha dado lugar a esta nueva andanada de lamentos circulatorios es, por supuesto, la del 25S y sus consecuencias. Analicemos el “colapso” real que pudo causar.

En primer lugar sería de agradecer que González o Cifuentes limpiasen su discurso de contradicciones. Si el 25S había 6.000 manifestantes, que se pueden apretar en 1.500 metros cuadrados, difícilmente pudieron colapsar la ciudad. Aclárense, ¿somos muchos y colapsamos la ciudad o somos cuatro gatos y no podemos colapsar nada? Aquí ya explicamos que somos muchos. ¡Que 6.000 personas caben achuchadas DENTRO de la fuente de Neptuno!

Superficie de 1.500 metros cuadrados sobre la fuente de Neptuno.

Superficie de 1.500 metros cuadrados sobre la fuente de Neptuno.

Aceptando que somos muchos, al menos los suficientes como para cortar el tráfico del Paseo del Prado y la plaza de Cánovas, ¿qué grado de incordio supone eso para la circulación?

Pues resulta que es un fastidio más aparente que cierto. El trayecto de Cibeles a Atocha, el más afectado por un corte en Neptuno, mide 1,3 kilómetros y se recorre, según San Google, en 3 minutos.

Cálculo del trayecto de Cibeles a Atocha por Neptuno.

Cálculo del trayecto de Cibeles a Atocha por Neptuno.

Si cortamos Neptuno y hay que desviarse por Alfonso XII, la ruta se alarga 800 metros, hasta los 2,1 kilómetros y se recorre en 7 minutos.

Cálculo de la ruta de Cibeles a Atocha con desvío por Alfonso XII.

Cálculo de la ruta de Cibeles a Atocha con desvío por Alfonso XII.

¿De verdad es aguantable que un presidente autonómico y una delegada del Gobierno magnifiquen un desvío de 800 metros —¡cinco minutos!— y lo esgriman para pedir restricciones a un derecho fundamental? ¿No podrían, por favor, modular su derecho a tomarnos por idiotas?