Mitos del Derecho penal

Varios blogs amigos se hacen eco del interesantísimo artículo publicado hoy en Público, escrito por Félix Pantoja, fiscal del Supremo, y firmado por otros juristas; se titula “¿Hacen falta penas más duras?”. Además de leer el texto, con datos tan escalofriantes como el siguiente:

“según datos de la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias, actualmente –enero de 2010– hay en España 345 personas presas (sin contar las condenadas por delitos de terrorismo) con penas no acumulables superiores a los 30 años; una de ellas tiene una condena de 38.585 días, esto es, casi 106 años. Esto quiere decir que, en la mayoría de los casos, no terminarán de cumplir sus condenas mientras dure su vida, pues a la edad que cada uno tenga, si la media fuera de 40 años de edad, en cuanto la pena sea superior a 35 años la vida en libertad se esfuma como posibilidad. ¿Saben realmente nuestros políticos lo que están diciendo?”,

es recomendable invertir unos minutos en la página de la Plataforma “otro Derecho penal es posible”, a la que perenecen los firmantes.

La sección más interesante: “Mitos del Derecho Penal”, con epígrafes tan inquietantes como este:

Mito 4. De “las cárceles son instituciones cómodas y seguras” a “son espacios en los que la muerte tiene una presencia constante”

A falta de una investigación pendiente, me atrevo a aventurar una hipótesis. La visceralidad con que se pide un endurecimiento sin fin de las penas para cualquier delito (excepto los delitos y faltas bien vistos como estafar un poquito a Hacienda y saltarse los semáforos en amarillo) es directamente proporcional al temor a que un hijo sea víctima de un improbable delito, pero ignora, me temo, la probabilidad mayor de que tu hijo sea el delincuente.


2 comentarios on “Mitos del Derecho penal”

  1. Shúrik dice:

    A ver que me aclare: ¿Qué propone señor Miralles?.
    El artículo es una ristra de declaraciones demagogicas progres (que muchos, equivocadamente, identifican con izquierdistas). De la buena. Así, por sólo poner un ejemplo, el mito 4, al que alude que dice que la cárceles “son espacios en los que la muerte tiene una presencia constante” ¿no se deberá a que los que las habitan son delincuentes (lo que implica personas con poco o ningún respeto hacia el resto de la sociedad, incluídos el resto de presos), bastantes son personas violentas, y una buena cantidad asesinos?. Otra cosa sería que las muertes y agresiones las produjeran los guardias de seguridad, cosa que, curiosamente, suele suceder al revés. No termino de entender como, siendo un sitio “tan terrible”, hay numerosos inquilinos que toman la cárcel como su residencia, que sólo abandonan el tiempo de cometer otro delito y volver a ella. ¿Nos hablan esos mitos de los reincidentes que vuelven una y otra vez a esos “tétricos calabozos decimonónicos”?.
    En todo caso, si usted desea una sociedad donde su hijo delincuente ande tranquilamente por la calle, por el hecho de ser su hijo, allá usted. Yo siempre preferiré que el delincuente, sea su hijo O SEA EL MÍO, ande entre rejas. Primero, para pagar el daño causado, segundo, para que le sirva de escarmiento, y tercero, para evitar durante el tiempo que esté encerrado que siga delinquiendo. ¿Reinserción?, venga por favor, no me haga reir. ¿También cree en Papá Noel?.

  2. millares dice:

    Hola, Shúrik:
    En primer lugar gracias por tu opinión. Intentaré responder a algunas de tus inquietudes y ampliar algunos puntos de mi posición.

    Antes de nada, te aclaro que el nombre del blog es Millares, no ‘Miralles’. Es una confusión habitual, no te preocupes.

    Hablemos del “mito 4”, al que ambos aludimos y que define las cárceles como “lugares en los que la muerte tiene una presencia constante”. Sospechas que eso se debe a que los presos son “personas con poco o ningún respeto hacia el resto de la sociedad, incluídos el resto de presos”. Si lees con atención el texto al que te dirige mi enlace, verás que el número de muertes causadas por agresiones es mínimo (en 2008 hubo en las prisiones españolas 4 muertes por agresión). En realidad, la primera causa de fallecimiento en prisión es la muerte “natural”, seguida de las sobredosis, el VIH y el suicidio. Creo que esto muestra que, sí, las cárceles son lugares llenos de muerte, pero no porque los internos sean unos salvajes (que alguno habrá entre tanto concejal, banquero y empresario enchironado), sino porque existe un abandono sistemático de la población reclusa y un proceso de reexclusión social).

    También crees que “hay numerosos inquilinos que toman la cárcel como su residencia”. Según los datos que he leído, menos de la mitad de los delincuentes reinciden, en la mayoría de los casos por delitos contra la propiedad (robos, hurtos…) o contra la salud pública (estupefacientes). Respecto a los delitos más graves (homicidios, agresiones sexuales…), la tasa de reincidencia es realmente baja: por debajo del 4 ó 5%. En cualquier caso, la reincidencia es una prueba de que algo falla en la reinserción, no de que los presos se lo pasen ‘pipa’ en la cárcel. Si los delincuentes vuelven a eso que llamas con ironía “tétricos calabozos decimonónicos” es, precisamente, porque nuestras cárceles se parecen mucho a eso, calabozos arcaicos, en lugar de ser una institución civilizada que evite la reincidencia, que renuncie a la venganza colectiva (actual ‘leitmotiv’ de nuestro sistema punitivo) y que favorezca, por ejemplo, la reparación del daño causado (algo que ayuda a víctimas y delincuentes).

    El tipo de sociedad que yo deseo no se parece a lo que tú crees. El tipo de sociedad que yo deseo cubre las necesidades fundamentales de TODOS sus ciudadanos (erradicando una causa recurrente de delito); favorece la educación en valores de respeto mutuo, solidaridad e igualdad (lo que también ayuda a evitar ciertos delitos); invierte en servicios sociales capaces de detectar y reconducir situaciones de riesgo de exclusión social, económica, familiar o laboral (torrenciales fuentes de delitos); sostiene un sistema de salud integral que previene y persigue las adicciones (verdaderos fracasos sociales que golpean mucho más a una clase social que a otras); atiende a sus enfermos psiquiátricos (sin ocultarlos, ignorarlos o estigmatizarlos); y, en definitiva, RESUELVE sus conflictos, no los enclaustra esperando a que desaparezcan mágicamente “entre rejas”.

    Lo que yo deseo no es que mi “hijo delincuente ande tranquilamente por la calle”; lo que yo deseo es que mi hija no tenga motivos ni padezca las circunstancias que llevan a una persona a cometer un delito. Creo que un buen inicio será intentar educarla en valores diametralmente opuestos a los que tú defiendes [permíteme rechazar por simplista tu modelo educativo basado en la prisión “para que le sirva de escarmiento”(!?)].

    “¿Reinserción?”, preguntas retóricamente. Sí, exijo literalmente. Y antes, aunque esto te sonará a chino, pido que reflexionemos sobre qué es delito y por qué.

    Por último, respondo a tu pregunta final. No, no creo en Papá Noel, ese delincuente (culpable de millones de delitos de allanamiento de morada y contra los derechos de los trabajadores -elfos-). No creo que exista porque soy ateo (algo que me llevaría a la cárcel en muchos países).
    Espero haber aportado alguna reflexión de tu interés.
    De nuevo, muchas gracias por tu comentario.


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