Sin publicidad

No he estado en Cuba, pero me han dicho que lo más chocante al volver a un país capitalista es la “agresión” de la publicidad, que brilla por su ausencia en la isla.

Aquí empieza el año con una televisión pública, por fin, sin anuncios coemrciales. Al margen de las temidas repercusiones económicas que este hecho puede acarrear al proletariado publicista, nos interesa saber qué consecuencias sociales podría desencadenar.

Resulta que, al menos durante el primer día del primer año de la era postpublicitaria, La 1 fue más líder de audiencia que de costumbre. ¿Es un síntoma? ¿Un augurio? ¿De qué?

Esta crisis (todavía) no ha terminado con el Capitalismo (y no lo va a hacer), aunque sí ha erosionado la imagen del modelo consumista. Ese modelo neoliberal del crecimiento infinito, del desarrollismo ilimitado, del materialismo rampante, se sostiene sobre varios pilares: uno de ellos, sin duda, es la publicidad.

En resumen, la publicidad nos incita a adquirir o contratar bienes o servicios que, en la mayoría de los casos, no necesitamos. Nuestro gasto inútil genera beneficios que, en algunos casos, crean puestos de trabajo precario para que otros trabajadores puedan creer que pueden endeudarse y consumir lo que anuncian en la tele. Este círculo vicioso, endogámico y autodestructivo necesita que la publicidad engrase su mecanismo.

¿Qué pasaría si millones de espectadores migrasen progresivamente a un medio de comunicación masivo sin publicidad? ¿Qué pasaría si, de repente, en febrero de 2010 ya no hubiese nadie o casi nadie mirando los anuncios de Antena 3, Telecinco, La Sexta o Telemadrid?

De acuerdo, mucha publicidad seguiría llegando a los consumidores, antes conocidos como ciudadanos… Prensa, radio, cine, teléfono, videojuegos, internet, libros, exteriores. Pero la publicidad en estos medios, de momento, no ha adquirido la relevancia social y rentabilidad económica que durante décadas ha explotado la tele. ¿Podrían los ciudadanos, antes conocidos como consumidores, olvidarse de consumir?

El 31 de diciembre, más de 7 millones de espectadores se comieron las uvas al ritmo que marcaban los ‘comecocos’ de Mastercard, pero fue la última vez. Ahora imaginad a millones de consumidores desintoxicados, liberados del bombardeo publicitario, comiendo 12 uvas con Anne Igartiburu, pero sin publicidad de Mastercard. ¿Se venderán más uvas frescas y menos botes de Cofrusa?

Es una pena que TVE haya (casi) renunciado a adquirir series extranjeras, porque para rematar la faena no le faltaría más que emitir Mad Men, la perfecta explicación sobre el origen psicosocial del American way of life, antecedente inmediato de todos nuestros males (neurosis, desarraigo, soledad, individualismo, frustración, codicia, desastre ambiental…). El protagonista, por supuesto, es un publicista que, por supuesto, miente.

Otra opción más económica sería una oportuna reposición de Ellos viven (‘They Live‘) de John Carpenter. Si no la reponen, pedídsela a los Reyes, que son los padres que se endeudan para comprar lo que piden sus hijos en función de lo que dictan los anuncios que desaparecen de Clan, la tele pública para niños y el canal temático más visto en la TDT.



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